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No debía tener más de 15 años


Ilustración de Nicoletta Ceccoli

Ahora que los angelitos duermen, y la noche es más que evidente, sostengo con fuerza el lápiz, coloco varios papeles sobre la mesa y me quedo en silencio varios minutos. Inmóvil. Dispuesta a aprovechar una cita conmigo misma, aunque es ella la que me viene a la cabeza. 
Ella, que con su trenzas tostada y su tez pajiza revolvía el contenedor de basuras de debajo de casa. Con un palo iba buscando pequeños tesoros que se pudieran revender a bajo precio. Y al encontrar uno, se asomaba por la boca del  contenedor, dejaba caer dentro medio cuerpo, cogía con fuerza el objeto y lo metía en un carrito. Y así varias veces, hasta que satisfecha o contrariada con su suerte, se escabullía entre los coches.
Me la quedé mirando, se me quedó mirando, dos segundos, eternos a su termino, amargos. No debía tener más de 15 años.
Y fue en ese momento en el que me asusté al ver que el límite lo habíamos traspasado. En estos últimos años, muchas cosas han cambiado. Situaciones de miseria cotidianas envuelven nuestras vidas. Ya no son los gatos los que se cuelan en la basura. Y nos estamos volviendo ciegos, como si nos hubiéramos acostumbrado.
No debía tener más de 15 años.

Por Verónica Mar dependienta online de Bokamanga.com.
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El abrazo

Cuando Almudena saltaba de la cama para vengarse del pellizco, Eduardo ya la esperaba en la puerta. Tan pronto como Almu llegaba a la puerta, Edu la empujaba con rabia y la lanzaba de nuevo contra la cama, y sin dejarle tiempo a reaccionar, cerraba de un portazo la puerta y sujetaba con fuera el pomo para que ella no pudiera abrirla:

- Déjame salir tonto del culo- lloriqueba ella desde el otro lado.

Y le odiaba, le odiaba tanto que le deseaba cosas horribles y monstruosas mientras lloraba al otro lado del tabique, esperando a que la liberara de su encierro y pudiera desayunar algo.

Esa fue su tortura desde los 6 hasta los 16 años, cuando por fin, Eduardo levantó el vuelo y se fue de casa dejándola a ella contenta y tranquila.

Por eso no entendía por qué, ahora que el médico le acababa de dar la noticia de que iba a ser madre, ella no quería ni llamar a su madre o a su padre, ni siquiera a su marido, si no que quería pasarse por casa de Eduardo, y fundirse con su hermano en ...un largo abrazo.


Psssst! Si alguien sabe el/la autora de esta ilustración, por favor que me lo diga...¡Gracias!

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Sorbitos de historias: El jarrón de la tía

Imagen encontrada en un blog

Barrió el último trozo de cristal, lo puso sobre el papel de periódico junto a los otros pedazos de vidrio, y los envolvió. Primer dobló la parte derecha, cerrando el papel con forma de cucurucho, como el que envolvía aquellas castañas que comía cuando era niña a la salida del colegio cuando los inviernos aún eran fríos. Después cerró la  parte izquierda sin tanto cuidado, arrugando el papel, de malas maneras, con cierto enfado. Y al final lo metió en una bolsa y lo bajó al contenedor. 
Estaba segura que esos eran los pasos que había seguido aquella mañana con el jarrón roto. El jarrón que le había regalado su tía poco antes de morir y que tanto significaba para ella. Recordaba que le había dado tanta pena romper sin intención aquél jarrón, tanta que lo había recogido enseguida, envuelto en papel de periódico y tirado al contenedor, para evitar ver ningún resto al regresar del trabajo a casa.
Pero allí seguían, todos y cada uno de los trozos del jarrón sobre el suelo, sin barrer, sin recoger y sin tirarlos a la basura.
Almudena se quedó atónita ante la visión de nuevo del jarrón roto que creía en el contenedor de la esquina. Miró temerosa a su alrededor y susurró:
- ¿Tía?


¡Buenas noches queridas!

Escrito por Verónica Mar de Bokamanga.com.
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A Jimena no le gusta la Navidad

Nunca se lo había confesado a nadie, pero a Jimena no le gustaba nada la Navidad. 

Sólo era una evidencia del cumulo de ausencias que le había regalado la vida. Y no eran pocas. 
Arturo, que se fue al otro lado del mundo mucho, mucho, mucho tiempo atrás. Su padre, que había fallecido hacía dos años, y su cuñada Aurora, con la única con la que había llegado a compartir confidencias, se había separado y largado lejos del estúpido de su hermano.

Escribir, su diario, le traía una especie de paz que jamás había experimentado. Era su refugio. La puerta por donde sacar a pasear la imaginación y al final, los días sean más amenos.

Escribía de noche, cuando su anciana madre, dormía, dos habitaciones más allá. Cuando las visitas no estaban, cuando el tiempo era sólo para ella, y sus vivencias. 

Y es que el diario, le servía para maquillar un poco la vida que había llevado, para darle forma y color a vivencias pasadas, amontonadas en estantes de su memoria. Llenos de polvo, cerrados como libros, leídos y olvidados, pero siempre a manos. Sopla, desempolva, lee, recuerda, y cámbiale el final. 

Qué había de malo en escribir que Arturo fue su único amor, y que ella fue el único amor de Arturo. Tampoco lo sabía. Quizás Arturo, atormentatado por una vida lejos de su hogar, donde nació, se mordía las uñas cuando la noche caía pensando en ella, diciendo su nombre en silencio. Jimena.


Sí, se mentía al decir que había sido la niña de los ojos de su padre, o que con su madre había cultivado un amor puro y sereno. Y sonreía al pensar, que quizás tras su muerte, alguien leería su diario con admiración ¿Quién?

Y fue ese 7 de diciembre, justo antes del día de la constitución cuando llegó a la última página escrita de su vida inventada, y abriendo un nuevo cuaderno, aquel que le había regalado su sobrina Martina,  se sorprendió escribiendo:

7 de diciembre de 2005
Barcelona

Me llamo Jimena, tengo 65 años y vivo con mi madre en un piso, en Barcelona. 
Hoy comienzo un nuevo tomo de mi diario. Y estoy harta de mentirme a mi misma contando una historia que no es la mía. 
Hoy comienzo el auténtico relato de mi vida. 
Sin engaños, sin mentiras, más que las carambolas que pueda hacer mi propia memoria.
Necesito hacer las paces conmigo misma. Me quedan 3 años de vida y NO soporto la Navidad.


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No sin las mujeres

Carla abrió los ojos inquieta, el mismo aliento en la nuca de cada noche le había despertado. Se sentó en la cama, descubrió a una insolente luna por la ventana, la misma luna que había sido testigo de todos sus pensamientos. Se giró, y llena de cólera, observó a aquel cuerpo que roncaba a su lado. 
Se levantó, se dirigió con prisa al cuarto de la ropa, abrió el armario. Silenciosa se encaramó a una silla, y estirando todo su cuerpo, tiró de la maleta.  La abrió y respiró hondo ¿Sería capaz de escapar de casa, de aquella cama y de aquél cuerpo que yacía a su lado?
Cerró la maleta, la devolvió al armario, regresó a la cama y volvió a sentir el mismo aliento en la nucaAquella noche no lloró. Aquella noche, no sintió nada.
___
Carla abrió los ojos inquieta, el mismo aliento en la nuca de cada noche le había despertado. Se sentó en la cama, descubrió una luna distinta por la ventana, una luna que estaba siendo testigo de todos sus pensamientos. Se giró, y llena de valor, observó a aquel cuerpo que roncaba a su lado.

No se levantó, simplemente se agarró con fuerza a cada uno de los comentarios que le habían regalado durante aquellos 3 años. Comentarios que se había negado a escuchar. Escasos, pero suficientes para aquella noche en la que todo había cambiado. Algunos le intentaron mostrar que no se merecía aquel trato. Recordó claramente, cuando Alfonso, su vecino, la abrazó con cariño y le repitió que no se dejara insultar por aquel desgraciado.
- Desgraciado-susurró.
Y en ese instante, dejó escapar una lágrima. La última lágrima que derramaría, la dejó rodar hasta las sábanas, y la dejó allí. Se levantó.
Aquella noche no fue al cuarto de la ropa, tampoco abrió el armario, ni tiró de la maleta. Aquella noche sólo se colgó el bolso, y se dirigió a la puerta. Se detuvo un instante, un peligroso instante en el que dudó.
- Nunca te ha pegado- se dijo.
No, jamás le había golpeado. Su agresividad era verbal, al principio sutil, al final descarada. La insultó, la despreció, la amenazó y la culpabilizó de todos sus fracasos, pero nunca le alzó la mano.
-¿Cómo he llegado yo hasta aquí?- se compadeció- ¿Cómo he dejado que me sucediera a mí?
Aquella pregunta trataría de resolverla durante los siguientes años, en ese momento, lo único que debía hacer era abrir la puerta. Y la abrió.

Al día siguiente, Alfonso, el vecino, tenía un pequeño trozo de papel bajo la puerta. Contenía sólo una palabra: GRACIAS. 

016- Contra el maltrato, llama




No me quería ir hoy sin una mención al día que (mañana) nos ocupa.

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Saruski y el vestido de Claudine


Saruski me ha tomado la palabra y nos ha escrito un relato corto sobre mujeres y vestidos. A parte de que sinceramente me ha gustado mucho, me ha hecho una ilusión tremenda recibirlo:

Y sin más dilación, aquí les dejo el relato:

Claudine siempre había soñado con esos lujosos vestidos. De camino a casa los veía brillar en los escaparates, se quedaba boquiabierta  e imaginaba mil historias de Cenicientas y principes. No perdía la esperanza de que algún día un príncipe de cuento de hadas la rescatase del gris mundo en que vivía; y en este sueño estaba cuando, despistada por completo, chocó bruscamente con Damien, un altísimo repartidor de ojos claros que traía nuevos vestidos a la tienda en la que siempre paraba, aunque nunca se atreviera a entrar. Y no fue la última vez que coincidieran, cada día se encontraban frente al escaparate, poco a poco se fueron conociendo mejor. Un día en el café, Damien le entregó un paquete a Claudine, estaba mal envuelto, él había hecho lo que había podido, era un vestido de gasa gris, con un pequeño adorno de brillantitos en un hombro; como brillaba, casi tanto como la carita de Claudine. La encarga me lo dejó a mitad de precio por trabajar allí, espero que te guste- dijo Damien. Pues claro que me gusta- respondió ella- Pese a todo a debido de costarte una fortuna, lo voy a devolver- dijo con decisión. Prefiero contar con ese dinero para poder tomar café contigo en esta misma mesa durante cada día del resto de mi vida. Esta vez era la mirada de Damien la que lucía. Quien le iba a decir a Claudine que su pasión por los vestidos le iba a traer una pasión aún mayor, la que sintió siempre por su Damien.


Podéis encontrar a Saruski en su casa virtual aquí: http://enuncajondemiarmario.blogspot.com/

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El vestido de Diana

Mientras se miraba al espejo pensaba que ella siempre había sido una mujer más de pantalones que de vestido. Por comodidad. Éso mismo, ella había era una mujer cómoda. De hecho, no solía usar tacones, ni maquillaje, ni vestidos, ni visos, ni faldas. Una mujer cómoda, que no comodona. 
Siempre había sido una mujer activa, y activista, llena de energía. Se ajustó el escote con poco arte, y  sonrió al descubrir que estaba más acostumbrada a arremangarse que a descocarse. Llena de creatividad y falta de coquetería, nunca había tenido tendencia a lo romántico. Para ella la felicidad estaba entre aquellas cuatro paredes de su despacho, entre proyectos, maquetas y planos. Supone que por ese motivo le dijo que sí a Rodrigo cuando le pidió que se casaran.
Y ahora estaba allí, frente al espejo, con un vestido largo color champange. Y lo peor de todo, es que le gustaba.


Escribe tu propia micro historia sobre vestidos y mujeres y llévate 30 puntos. Envíamela a veronica@bokamanga.com


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Sorbitos de historias >>> Tarde. Muy tarde

Ilustración de Conrad Roset
Reme lo había vuelto a hacer. Se había quedado trabajando en su proyecto hasta tarde y se había olvidado de su cita. Arturo la mataría. La cena del jueves era sagrada para su marido, pero a ella se le había olvidado otra vez. Y ya pasaban 12 minutos de las nueve de la noche, momento en el que debía estar en un restaurante a 20 minutos de donde se encontraba. Tarde. Muy Tarde. Llamó a Arturo. Comunicaba. Le envió un whatsapp y salió corriendo hacia el parking de la oficina. 
Una vez en el sótano, estaba tan nerviosa por su eterno retraso a los planes sociales de su marido; pensando que como cada jueves volverían a tener la misma discusión de cada semana sobre lo absorbida que le tenía el trabajo, y las carencias que sentía Arturo como marido y padre de sus hijos; que no percibió que alguien se le acercaba silenciosamente por detrás. Ella sólo pensaba que el tiempo corría y ella no avanzaba. Tarde. Muy tarde.
En ese mismo momento, Arturo se acercaba una copa de vino a los labios con una sonrisa forzada. Reme volvía a llegar tarde. Y él se lo volvía a perdonar. Al fin y al cabo, si podía perdonarle que ejerciera lo justo como madre y que fuera una compañera ausente, cómo iba a guardarle rencor por llegar tarde. Tarde. Muy Tarde.

Justo en ese instante, la figura oscura alcanzó el hombro de Reme, que se giró asustada, expectante.
- Tranquila soy yo- le dijo Ferran, quien le plantó un beso en los labios.
- ¡Aquí no! ¡Estás loco! Podrían vernos. Entra en el coche- le dijo.
Y a salvo ya de las miradas más inesperadas, arrancó el coche mientras Ferrán iba deslizando su mano por debajo de la falda, lenta pero decidida. 
Reme envío un nuevo whatsapp a su marido que decía: 'Cariño, no podré llegar, saldré tarde del trabajo, lo siento' mientras ponía la tercera camino al apartamento del jovencito de 23 años que se sentaba en el asiento de copiloto de su mercedes metalizado. Pensó que la semana que viene iría a la cena de los amigos de Arturo, y que aquella sería su última noche con Ferrán, pero en realidad, sabía que nada de aquello sucedería, porque ya era tarde. Muy Tarde.

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Sorbitos de historias: Lourdes y el 14 de septiembre

Para l@s que sois nuevo por aquí, os diré que... siempre que me permitáis la licencia, de vez en cuando, yo me pongo algo ''petarda'' y escribo cosas como estas:
Klimt, siempre Klimt
Lourdes miraba impaciente por la ventana, esperaba a que apareciera en la distancia el coche de Adrián, su marido.
Hoy era el cumpleaños  de Lourdes y lo tenía todo preparado. 40 años.  También hoy celebraba su décimo aniversario junto con Adrián.
Antes de que comenzaran aquella historia de amor, él la había perseguido durante medio año, pero ella no estaba convencida. Al final, el día de su treintavo cumpleaños, Adrián, frustrado con la situación, se le declaró. Y ella, ella dijo sí tras soplar las velas.
Lourdes aún sonríe cuando él, con cierta torpeza e inseguridad le pidió que se casaran. Y baja la mirada al recordar cuando él enfermó, y como ella, ante la grave situación de su marido sintió por primer vez el temor de pensar que perdería a la persona amada. En 10 años habían vivido angustias complicadas y alegrías sencillas. Se habían comprometido, más allá de la felicidad individual de cada uno, y se habían amado, deseado y querido. También se habían aborrecido entrando en un par de crisis que habían acabado superando. Y se habían respetado, siempre lo habían hecho, sin concesiones ni condiciones. 

- 40 años- susurró Lourdes- y un cuarto de mi vida a su lado.

En ese instante vio los faros del coche de Adrián aparecer por la calle y sintió como toda la sangre se le agolpaba en la garganta. Hacía tiempo que no se ponía tan nerviosa. Recogió algunas cosas que tenía sobre la cama, y bajó al piso de abajo para recibir a su marido. Las manos le temblaban. 
Cuando Adrián abrió la puerta, se encontró a su mujer pálida, con una bolsa de viaje colgada al hombro, un marco de fotos en una de sus manos y una mueca de dolor en su cara.

- Me voy- dijo Lourdes antes de bordear a Adrián y marcharse de casa.

Y allí le dejó. Inmóvil en el recibidor, pálido, incapaz de articular palabra, sintiendo que a él también se le agolpaba la sangre en la garganta.
Aunque sabía que su mujer, una vez más, había tomado la decisión más adecuada.

A L., una valiente.

  Escrito por Verónica Mar.
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Sorbitos de historias: Selene


Antes de ir a dormir, un cuento... Y no precisamente de hadas...
Ilustración del maravilloso Gruau

Selene se retoca el rimmel, se ajusta las medias y se repasa los labios. Es hora de trabajar.
Revisa su agenda donde lee su próxima cita: 13h, Mario, 35 años, completo. Selene es prostituta.
Llega al piso que alquiló con algunas compañeras, desde que está allí se siente más segura. Hacer la calle en Barcelona, tal y como se habían puesto las cosas, no permitía una buena negociación con el cliente, y generaba demasiada incertidumbre y conflictos.
- Has visto el debate en la tele sobre los contactos en el periódico, como los quiten a ver qué hacemos... Yo no quiero volver al la calle- comentaba Julia a otra compañera cuando Selene entró en el piso.
Selene saluda y las escucha hablar un rato. Se enfada. Es curioso que todo el mundo opine sobre su profesión, pero nadie les pida la suya. Como no le gusta prestar sus servicios de mal humor, se mete en la habitación a la espera de Mario.
Le gusta Mario. Es cordial, limpio y siempre cumple lo pactado. Es uno de sus mejores clientes.
Prepara el baño, saca la caja de condones, lubricante, algunos caramelos y se lava las manos.

No le molesta prestar los servicios, le reporta buenos ingresos y considera que la dignidad está por encima de su profesión. Además, teniendo en cuenta que a ella nadie la explota sexualmente,  no entiende porque la consideran una víctima.  Aunque no niega que, a veces, se plantea dejarlo. Cada día, se le hace más difícil vivir con el estigma. 




Escrito por Verónica Mar de Bokamanga.com.
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Sorbitos de historias: Amaya y tu historia I


¿Recordáis aquellos libros dónde debías elegir tu propia historia? ¿Te apetece participar en este humilde homenaje a aquellas historias en este blog?

Bikini Jordi Labanda Marineline
Amaya, como Eva María, también se fue buscando el sol en la playa. Sin maleta de piel, pero con bikini de rayas, había decidido terminar con tanta tormenta personal . El único modo que se le había ocurrido era poniendo todo un océano de por medio, aunque no estaba resultando el método más efectivo.
Llevaba 3 meses tostándose bajo el sol de Brasil, buscando un negocio en el que invertir sus ahorros, y preguntándose si el mar acabaría curando las heridas que aún arrastraba.
No podía olvidar. Los recuerdos se agolpaban, la culpabilidad empujaba y la tristeza no los dejaba salir. Estaba condenada a sufrir eternamente, o a esperar un milagro emocional.
Fue una tarde, mientras se encontraba sumida en sus recuerdos bajo el sol brasileño cuando una voz femenina la despertó de sus pensamientos:
- ¡Hola! Soy Laura. El chico del chiringuito me ha dicho que eras española, yo también, de Valencia ¿Te importa si me siento aquí un rato?






La historia continuará el martes... siempre que queráis vosotr@s.

Mañana, hablaré de preservativos. Hasta entonces, que tengáis un buen día,
  
Verónica          
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Sorbitos de historias: Jimena, Marc, el tiempo y su paso

SUNDAYDRESS
Hace unos meses, Jimena, en un centro comercial, vio de lejos a un amigo. Le saludó, la saludó, y fueron cada uno al encuentro del otro.

Al estar más cerca, ambos se dieron cuenta que se habían confundido. Se sonrieron tímidamente y lo dejaron estar.
Aquél día, Jimena, al desconocido lo bautizó con el nombre de Marc, y a veces le dan ganas de llamarle para ver cómo está. Entonces llama a Marcos, su amigo de verdad, que es quien aparece en el listín al introducir ''MARC'', pero Marcos sólo habla de sí mismo y de su carrera laboral, y en ese momento, es cuando, Jimena más echa de menos a Marc.



Verónica          
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Vuelvo en un ratito....

Sorbitos de historias: La tormenta de Susana


Cuando era pequeña Susana se escondía bajo las sábanas las noches de tormenta y contaba los segundos entre los truenos para saber cuan cerca estaba el temporal de su casa. Su madre siempre le decía que tal y como venían, se marchaban. Ella, sin embargo, escondida bajo la manta, pensaba que su madre mentía, que la negra tormenta jamás acabaría.
Y como si hubiese sido el augurio de lo que después marcaría su carácter, Susana solía quedarse a esperar tormentas, hasta que llegaban y la arrasaban. La dejaban rota y débil, pero como el resto de humanos, con mayor o menor sabor de derrota, las superaba: El engaño del primer amor, su primera decepción en los estudios, el primer patinazo en el trabajo.
Susana hoy cumple 70 años, y se ha dado cuenta que ha sido más feliz en el pasado que en el presente. Que ha cambiado, menos de los esperado y ha aprendido más de lo que deseado. Ha conseguido atender a detalles positivos, a los que antes no hacía caso. Se ha recuperado tras cada zarpazo.Y hoy se siente una mujer mucho más fuerte y verdadera.
Pero sin poder evitarlo, en noches como hoy, cuando se acerca la tormenta, no puede evitar contar los segundos entre los truenos y esperar a que su madre entre por la puerta, le pase su mano por la cabeza y le diga que toda tormenta tal y como viene se va. Y aunque ahora su madre ya no entra, por fin se ha dado cuenta, que su madre jamás mintió:
Las tormentas siempre pasan, por muy intensas que parezcan.

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Sorbitos de historias: Virginia

Magnífica ilustración gráfica de Cali Rezo
 
Virginia se acercó al teléfono, el número que mostraba la pantalla era muy largo. Sabía quién era.
En ese instante, evocó el último beso antes de que él alzara su maleta y se marchara. Para siempre.
Virginia jamás sintió con él aquella sensación de posesión que llega con el amor. Prefirió que él la abandonara, a ser su perpetua cadena. Le facilitó la decisión: sin dramas, sin víctimas, sin más. 
Descolgó el teléfono y, sin reprimir la emoción, contestó. Era Lian.
La conversación fue gélida al inicio e intensa al final. Lian regresaba con ella. Para siempre.
Sin embargo, para Virginia, el significado de ''para siempre'' distaba del que tenía para Lian, quien necesitaba vivir muchas vidas en una sola. Quizá él no regresaría, y si lo hacía, se volvería a despedir  tarde o temprano. Y Lian también sabía que, llegado el momento, ella le dejaría partir. Por esa razón la amaba, y por la idéntica razón, Virginia no debía amarle.

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Sorbitos de historias: De antiprincesas y príncipes azules encantados

Rebecca Dautremer. Portada de 'Princesas olvidadas o desconocidas'



Ella fue la que propuso la cita, y él la fecha: el sábado.
El resto, lo improvisaron.
Él, llegó antes de lo pactado, con la idea de que ella era una antiprincesa distraida.
Ella, llegó con con poco maquillaje y mucho cansancio, pensando que él era un  príncipe azul encantador.
Y se metieron en el primer bar que les pareció medianamente limpio, donde poder sentarse a tomar un café y conversar. De mucho y de poco, de la frívolo y lo reflexivo, de él, de ella y del exterior.
De ese modo, observados sin tregua por la pareja de jubilados que ocupada la mesa de al lado, ella se olvidó del rubor que le producía haberse zampado la timidez para dar el primer paso, y él, de que aún quedaban páginas por pasar.
Y el reloj les separó, no sin antes caminar lentamente hasta la estación, y les invadió la timidez, una carabina molesta que afortunadamente, llegó tarde a la cita.
Y ya, cada uno en sus adentros, se dieron cuenta que ni él era el príncipe que le haría comer perdices por los siglos de los siglos, ni ella la bruja malvada que se alimentaba a base de corazones de sapos.
Ambos suspiraron aliviados. La cita había sido un éxito inesperado. Se habían gustado.

- Me gustaría repetir-dijo él.
- Me encantaría...- contestó ella.

Y se despidieron con dos besos y un adiós.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
Buenas noches
Verónica




Os dejo una galería de la ilustradora Rebecca Dautremer, quien personalmente me encanta. Arriba podéis adquirir su libro en la Fnac, donde obviamente no me llevo comisión.

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